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martes, 12 de febrero de 2008

Sueño: memorias de África

"Mi nombre es Javier Niebo y, debido a ciertas cicatrices,
tengo un don, una habilidad para leer las ilusiones de otros."

En un paseo por los callejones de Arrecife veo a un hombre negro que parece mirar algo en el contenedor de basura. Está delante de él, a un metro, con los puños cerrados en señal de cólera. Me llama mucho la atención y decido absorber su sueño. Vamos, Niebo, concéntrate. Un choque emocional, un segundo, consigo ser él en milésimas de segundo, consigo compartir una ilusión. Un sonido, una lágrima, un color. Lo veo en su país, en algún recóndito lugar de África del norte. Un paraje exótico. Resulta desolador ver tanta pobreza, pero en cierta medida, es reconfortante sentirse como en casa. Una niña negra corre hacia mi, Dámbala es su nombre. “Papá, papá” me dice en un idioma extraño. Me inclino y nuestros cuerpos se abrazan. Es mágico volver a ver a mi hija, el verla viva, el saber que volvemos a estar juntos. ¡Oh, cuánto la quiero!

Sonrío mientras sigo mi camino. Me vuelvo hacia él mientras me alejo, ahora puedo ver lo que aquel hombre miraba con rabia sobrenatural. En el contenedor de basura habían escrito un mensaje con spray: “Negros aquí”. De pronto una panda de ignorantes xenófobos y racistas consiguen que borre la sonrisa de mis labios. Por un momento deseo que todo ese dolor, toda la angustia que atenaza el corazón de aquel hombre, sea enviado en forma de lanzas de afilada punta hacia los corazones de aquellos que lo hayan escrito ¿Me pregunto por qué la gente es así? En ocasiones me dan arcadas al pensar que comparto mundo con personas tan intolerantes. Y más ahora, que puedo ver los sueños. Antes era más fácil juzgar, antes era mucho más fácil. Pero ahora no soy el mismo. Si todos los que repudian a los inmigrantes pudiesen leer el libro que escribe el alma de aquel hombre, si todos ellos pudiesen echar de menos a Dámbala y soñar con abrazarla... Las cosas serían distintas.

miércoles, 30 de enero de 2008

Sueño: un secreto en su vientre


"Me llamo Javier Niebo y tengo un don. Un mecanismo onírico
que a veces se acciona sin yo buscarlo."

Comienzo a aminorar la marcha cuando entro en la Calle Real, cuando la veo a lo lejos. La chica en cuestión lleva el pelo castaño, largo, suelto, aleteándose con el fresco aire. Unos vaqueros que se ajustan agradablemente en la sensual anatomía de su cuerpo, una camisa de color azul marino, escondiendo dos generosos pechos. Los elegantes rasgos de su cara terminan por confirmar lo que es, sin duda, un prodigio de la naturaleza. De pronto, en fracción de segundos, nuestros caminos se cruzan, ella pasa a mi lado.

Un resplandor, un olor, un sentimiento, un color, una imagen...
La hojarasca vuelve a caer, codificando un sueño robado.

Pasa muy rápido, pero disfruto de ello durante los quince minutos siguientes. Soy ella, me veo en una mecedora, junto a un amplio ventanal; en dicha ventana se puede ver la lluvia tocando, como queriendo entrar. Me estoy meciendo con algo en las manos. Miro hacia abajo; sobre la manta que cubre mis piernas veo algo envuelto en otra manta de menor tamaño ¿Qué hay dentro? Una cara sonrosada me sonríe, enseñando unas tiernas encías. Sus enormes ojos verdes se cruzan con los míos. Me siento muy feliz, completo, como si hubiese encontrado la pieza que faltaba en el puzzle de mi vida. Es reconfortante saber que sólo quedan siete meses para que se dibuje esa imagen.

El sueño se desvanece, la hojarasca volvió a caer.

Me paro en seco, en medio de la gran calle, en medio de todas esas personas que iban y venían. Miro hacia atrás y busco a la chica en la multitud, en la lejanía ¿Está embarazada de dos meses? Me quedo chocado al percatarme de que aquella muchacha, que parecía contar con 20 y pocos años de edad, rondaba, en realidad, los 16. O eso fue lo que absorbí en su sueño.

La veo reencontrándose con unas amigas, llevando un secreto en su vientre.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Bidones en la Sala Teatro, Parte 3 de 6

Hojas secas cayeron, destapando un sueño.

Ocurrió como siempre suele ocurrir, contemplando ante mí una cascada de hojas secas que caía con ligereza, descubriéndome al otro lado una experiencia que nunca llegaré a vivir, una explosión de sensaciones robadas. En ese instante me convertí en ella, una adolescente de mirada ausente que entraba con cierto pesar en una habitación que, a juzgar por la colorista decoración, se encontraba en pleno auge navideño. El pequeño árbol travestido para la ocasión cobijaba unos regalos empaquetados con cándido entusiasmo. Me senté en el sofá más cercano, observando, en una hermosa bola roja que pendía de una de sus ramas, mi rostro demacrado por una tristeza difícilmente descriptible. Una bola de cemento parecía dar vueltas con brusquedad dentro de mi estómago. Entonces, como si de un telefilm de sobremesa se tratase, un hombre canoso entró en tal cuco decorado. Me volví hacia él con asombro, incorporándome rápidamente y lanzándome a sus brazos.

- Te he echado mucho de menos, rosita mía.- Me susurró al oído.

Aquella bola de cemento de mi vientre se diluyó, dando paso a una llama de felicidad que se expandió por cada rincón de mi lánguido cuerpo.

La hojarasca volvió a caer.

Me encontré de nuevo en aquella heladería, con el cuerpo estremecido por el viaje emocional. A mi derecha estaba aún aquella joven, la poseedora de aquel sueño. Bruno pareció darse cuenta de las emotivas lágrimas que yo intentaba reprimir, mientras, Génesis seguía atendiendo el testimonio de la muchacha con mucho empeño.

Me incliné hacia mi colega y le murmuré:

- Tenemos que ayudarla. Debemos que encontrarlo.